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Jose o el Demonio del Mediodía

agosto 27, 2008

En este bloque conocemos a Jose, el hermano de Amaury quiena lo largo de veinte “visitas” y en diálogo con el convaleciente, nos desvelará nuevos detalles de su pasado.
El título nos remite, mediante una metáfora bíblica (Salmo 90.6), a esa crisis de personalidad que acomete a algunos hombres al alcanzar el Ecuador de sus vidas: tras haber cumplido sin pasión con todas las obligaciones familiares y profesionales, quieren sentir la vida antes de que se les escape del todo rompiendo con la rutina y haciendo algo distinto y original. Éste es el síndrome del que adolece el hermano de Amaury, como nos irá revelando a lo largo de su diálogo unidireccional.
A partir del relato fragmentario de Jose a lo largo de sus veinte visitas se pueden reconstruir dos historias diferentes. La primera de ellas se refiere a los últimos años de su vida en un hospicio para ancianos. En ella nos describe una vejez desacomplejada junto a los compañeros del hospicio y entregada a los escasos jugos de placer que todavía pueden exprimir a la vida. Entre enternecedoras travesuras que ya no tienen nada de inocentes y amoríos otoñales, van consumiendo los últimos días de sus vidas exhaustas.
La otra historia se remonta a casi cincuenta años atrás, a la época en la que Jose y Amaury todavía se trataban. De hecho, Jose por aquellos años quiso seguir los pasos de su hermano y ordenarse sacerdote. Pero una mujer: Ysabel Hernández, vinculada a la Orden y que el propio Amaury le presentó, se interpuso no solo entre Jose y la Iglesia, sino también entre los dos hermanos. Jose nos relata la torpe relación a tres bandas que llevaron durante algunos años, enturbiada por las advertencias puritanas del celoso Amaury y una casi insana afición por Paul Claudel. Finalmente la enrarecida relación terminó de forma traumática, con un fatal arranque de ira del propio Jose y la separación definitiva de los tres. La huída de ese ambiente católico y remilgado no sentó nada mal a Jose, sino todo lo contrario: se liberó de todo prejuicio y viajó por toda América dedicado a causas y oficios marginales, descubriendo el rostro de la Colombia real y alejándose del “manto de la pureza y la asepsia” que a los otros dos arropaba.

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